Arturo. Kassandra.

Posted in Cuento, Uncategorized on 09/02/2017 by Angel Bloodjunkie

Arturo no murió.

Había recibido un disparo en el abdomen cuando el asaltante no obtuvo más que un celular de poco valor. Sólo recordaba una profunda sensación de irrealidad, seguida de pánico al ver cómo se vaciaba su sangre en la banqueta.

Despertó al día  siguiente  en un cuarto de hospital, aunque él desconocía el día o la hora. Tenía  un sabor irreconocible y poco agradable en la boca. Arturo simplemente se quedó inmóvil mirando hacia el techo. Pasó al rededor de una hora.

La puerta del cuarto se abrió súbitamente. Arturo no desvió la vista del techo. Observó de reojo la figura blanca y amorfa de una enfermera, y detrás de ella otra mancha color negro cruzó la puerta.

Escuchó su nombre dicho por una voz que no era ninguna otra:

—Arturo.

Era Kassandra.

Arturo viajo a lo más profundo de su pecho y volvió con una sonrisa.

—¿Cómo estás? —Kassandra tenía una expresión en el rostro que Arturo no podía descifrar.

—No tan bien… no he logrado morirme—. Arturo sostuvo la sonrisa como un hombre fuerte sostiene una bola gigante de hormigón. Kassandra le respondió con una media sonrisa.

—Está bien, vine a terminar el trabajo—. Kassandra se sentó en la cama.

Arturo sentía la debilidad abandonar su cuerpo.

—Pues ya no tengo un celular en dónde ver imágenes de ardillas usando disfraces…  Sería cruel de tu parte no terminar con mi miseria.

Kassandra se acercó  un poco más y sacó su celular. Su cabello despedía un ligero aroma a miel. Juntos pasearon los ojos de una imagen a otra, riendo ocasionalmente. Cada risa de Arturo provocaba un dolor agudo en su herida.

Arturo comenzó a cantar una canción que sólo él podía escuchar.

Al cabo de 10 minutos apareció una notificación en la parte superior de la pantalla. Era un mensaje Esteban, el cual decía “¿Qué vas a hacer hoy?”. Ambos permanecieron en silencio. Kassandra dejó de cambiar entre imágenes.  30 segundos pasaron y la pantalla del celular se apagó, convirtiéndose en un espejo negro. Espejo en el que Arturo buscó la mirada de Kassandra, pero ella estaba mirando hacia otro sitio.

—Sé que lo quieres. Que de verdad lo quieres. Creo que está bien, pues tienes la obligación de perseguir tu felicidad—. Arturo tragó saliva y continuó: —No puedo mentir y decirte que no desearía ser yo esa felicidad.

Kassandra mantuvo la vista en otro punto de la habitación, tenía una completa ausencia de emociones en el rostro.

—Creo que no puede culpársenos, pues ninguno de los dos decidió que la situación  fuera  de esta  forma. Que me enamorara de ti—. Kassandra seguía inmóvil. Arturo hubiera recibido otro disparo con tal de saber lo que ella estaba pensando.

Arturo suspiró—. Algún día escribiré sobre ésto, escribiré  que me diste un beso antes de irte. En realidad puedes solo irte.

Kassandra se levantó de la cama, y sin dirigirle la mirada caminó hacia la puerta. Salió.

Los ojos de Arturo volvieron al techo. El tiempo adquirió una cualidad invernal.

El sonido del silencio le provocó dolor de cabeza.

Sus párpados cayeron.

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Recuerdo de una velada musical

Posted in Uncategorized on 17/12/2016 by Angel Bloodjunkie

No, yo no sirvo para estas veladas blandas.  Salgo de ellas ahíto de perfumes, repleto de vapores dorados y tan triste, que de buena gana huiría del mundo a esconderme en el fondo de los bosques.

Ella estaba allí ayer, sonriente, ¡y tan cerca! Y yo no sabía nada, ni me atrevía a decirle nada. Una orquesta en que vibraba el eco de mi martirio, armonioso tumulto de arcos y dedos, acompañaba el vuelo de una voz conmovedora, lo mismo que un enjambre de caprichosos  zánganos en torno a una flor que se abre  y se abandona, la acosa con sus besos dulcemente inoportunos y mezcla con los perfumes su estremecido murmullo.

Ella escuchaba el canto con las manos cruzadas, como si rezase. Yo, celoso de los acentos que la habían conmovido, inquieto y dolorido por la dicha de verla, me daba cuenta de mi insignificancia. Y así como  bajo el cielo mate y húmedo del otoño el árbol se despoja por sí mismo de su corona , mi juventud, con frío placer, dispersaba en la muerte todas sus frondas de esperanza y anhelo. ¡Qué familiares sois para mí, pesado vuelo de las horas, suspiros que nadie oye, lágrimas internas que bañais mi generoso orgullo humillado, lo mismo que la lluvia inunda un templo derruido! Pero esa angustia la ignoraba todavía.

Me marché con el alma perfumada y sonora, y mientras caminaba al azar, en las vagas profundidades de mi ensueño oía responderse y morir las voces entremezcladas de un mundo de cantores, como un pueblo de ecos perdidos en los valles. ¡Oh música, torrente de embriaguez y lasitud, confusa para la mente , pero tan exacta para el corazón, que, sorprendiendo en el aire las quejas de la Naturaleza, haces hablar entre ellas a la esperanza y al dolor! ¡Lenguaje universal, como el del beso! Tus sollozos, gratos al corazón, vibran en él hasta casi romperlo.

Al regreso encontré todos mis libros de estudio diseminados en ese desorden en que se complace la costumbre. Como hermanos me decían: “Te hemos estado esperando.  ¿Cómo llegas tan pálido y turbado?  ¿De dónde vienes, imprudente?” Mis lágrimas se atrevieron entonces a brotar, rompiendo por fin su dique y maldiciendo de todas aquellas melodías, flores cubiertas por un velo que exhalan en la tierra el incienso de un paraíso que yo no percibía. “Se ha acabado -exclamé-; no se debe amar a nadie. ¡Quiero que se enfríe y se congele todo lo que arde y se estremece dentro de mí! ¡Seré extraño a la tierra, lo mismo que un espectro! Con  Dante a mi izquierda y Pascal a mi derecha, haré de mi vida una estrecha celda, con una sola salida sobre mi propia tumba; no tendré otros amigos que un libro y una antorcha. Tenazmente, injertaré mi sueño en el árbol de la ciencia, avaro de su savia, y lo clavaré en él hasta lo más amargo de su jugo, como se clava una cuña en el boj con un mazo de hierro.”

Y así, ávido de austeridad y más firme que un neófito que ve sonriente caer sus rubios cabellos, me reí del amor como si fuera un dios parásito. Mas, por fin (son tan largas las horas de la noche), la suave serpiente del sueño se enroscó  a mi pacífico abrazo, y me hechizó con sus ojos invisibles. Voló el sueño sobre mi frente, y las sombras me devolvieron consolado al nuevo día. A los veinte años se necesita muy poco para renacer: los vidrios, sonrosados por el saludo del alba, una mirada del sol que acaricia suavemente los ojos, un rincón de mármol blanco en el oro lejano de los cielos, una flor, una nube, una ola,  el zumbar de una abeja, y ya estamos curados de las penas de la víspera. La juventud es tan fuerte y tan rica en amores, que su desesperación es corta, por profunda que sea.

-Sully Prudhomme

Derrota

Posted in This is not funny on 18/11/2016 by Angel Bloodjunkie

Dos pares de labios se acercan. Yo me alejo.

Las manos se rozan. Mientras, las mías se enfrían.

¿Qué facultad tengo, además de mi voluntad, para intervenir en un plan escrito en las estrellas?

Los brazos rodean a los cuerpos y aumentan la presión. La presión en mis arterias cede.

Los ojos se miran y contemplan su plenitud. Mis ojos miran arriba y llueven.

¿Que derecho tengo, además del que otorga el dolor, para obstruir el camino del destino más divino?

Los labios se besan. Yo me alejo.

Victoria

Posted in This is not funny on 12/11/2016 by Angel Bloodjunkie

Llegó con las lunas de octubre, y para los vientos fríos de diciembre seguía ahí: alojado en mi pecho como una bala entre el tejido muscular. Jugando con el tiempo como un niño con un reloj. Mañanas fugaces seguidas de tardes longevas. Noches perpetuas. Provocando que el hombre esté tan enfermo como puede estar sin estarlo realmente. Una lluvia invisible que empapa el alma y  la hace sentir pesada. Un corazón tan agotado que late más rápido que nunca.

silenthill

En la estación

Posted in Cuento, This is not funny with tags , , on 18/06/2015 by Angel Bloodjunkie

Provino de un día inesperado.

Semanas de caminarme en la cabeza. La mañana pesarosa cambia en algo más.

Me encontraba ocupando un lugar y momento que no me pertenecía, pues el encargado de la compañía para hacer el viaje, Adrián Marsen, recién había muerto de un accidente de automóvil. Adrián. Bendito sea.

Fuera de mis expectativas, más dentro de las posibilidades, Cecilia Heartburn llegó a tomar lugar junto a mi en la Estación de Santa Apolonia, donde esperaba mi tren nocturno hacia Madrid.

A pesar de haber trabajado varios meses en el mismo lugar e incluso haber intercambiado un par de comentarios, eramos poco más que ajenos.

En ese momento, más que en cualquier otro, me esforcé por no mirarle.
Ella tampoco me miró.

Sentí la garganta cerrarse, ahogando un grito.
Las piernas colapsar al reprimir el impulso de salir corriendo.
Y el pecho (¿aún era mi pecho?) reventar y desbordar.

Tomé varias-malas decisiones:

Como espiarle sonrisa, escudriñando de un borde al otro, buscando los detalles menos manifiestos.
Temblé y a la vez arrojé, torpe y estérilmente, comentarios que fueron sofocados fácilmente por la voz de la estación.
Sufrí mi obstinación de pensar que obtendría respuesta.

Ella simplemente existía, y miraba y respiraba. Junto-pero-no a mi.

Su mirada no se posaba en mí, aunque a momentos podía sentir el ardor de la misma, rosándome el alma cada que veía detrás de mi o sobre mi cabeza. Parecía buscar a alguien.

A momentos se levantaba o inclinaba con el mismo afán de la búsqueda, momentos que por excelencia eran los más injustos con mi corazón, pues su blusa de talla exacta hacía asomar destellos de su vientre y espalda baja quienes, sin miedo a apostar mil fortunas, sabrían a mar y atardecer.

Cada segundo hacía aumentar mi fiebre, y con ella el miedo a que fuera incurable.
El aire que salía a suspiros no parecía volver a entrar.

Adrían. Bendito sea.

Mi mente, decidida a escapar, se disparaba en múltiples direcciones. Todas ellas terminando en el mismo punto.

Actué, tomando mi libro y clavando los ojos en él, pero ellos se arrancaban de forma violenta y de vuelta al sol.
Me empeciné en cerrarlos, pero no bastó con que mis ojos dejaran de verla para dejar de observarla. Aún percibía a la perfección el calor de su mirada, que paró de pronto y justo en la portada de mi libro.
Gradual pero rápido sentí el libro encandecer en mis manos. Estuve a punto de soltarlo.

Para ese momento no quedó opción. Tomé una hoja y una pluma y, sepultando el momento entero en palabras, me dispuse a levantarme, pues el llamado de mi tren había sonado hace más de 5 minutos.

Súbitamente (y más de lo que la palabra misma puede expresar) la entropía del Universo dio marcha atrás, ella se dio vuelta hacia mi y preguntó:

—¿Qué escribes?

Y despertó

Posted in Cuento with tags , , , , on 18/08/2014 by Angel Bloodjunkie

 

 Con energías apenas suficientes para preparar el café más grande que pudo, superando sus bajas expectativas sobre trascender a la hora del desayuno (o quizá un poco más tarde).
La taza olía a plástico quemado y el sabor era algo poco menos decepcionante, por su mente reptaba el último contacto tibio que tuvo en los labios.
Se aventuró, y con una leve arritmia en su palpitar, agregó un par de cucharadas más de azúcar. Tal vez así las palabras serían menos amargas. Un minuto más en el microondas. Tal vez así el frío abandono no le haría doler la cabeza.

En el trayecto tremuloso de la mesa a la boca tocaron a su puerta, él rodó en esa dirección con le ímpetu de un neumático desinflado. Escuchó las palabras del vendedor, y casi se emocionó esperando el momento de decir “no” y volver a su bullente taza de mañana sin sol.

Cerró la puerta, caminó y se sentó, todo como en un sólo movimiento.
La taza de humeante agua estancada había, probablemente, duplicado su tamaño.
Pudo ver entonces su reflejo; el vapor, y sólo el vapor, humedeció sus ojos. Éstos que en el reflejo, con una cautela ciega, le invitaban a parpadear.
Para ese momento la pequeña tina era no menos que eso, y además de dolor, su cabeza parecía haber comenzado a adquirir una cualidad propia del plomo.

Cuando reparó en el asunto, sintió ya el sumergir hasta la tercera vértebra lumbar, y sus manos decepcionaron aferrándose al borde de aquél recipiente de, aparentemente, 619 galones.

A pesar de la velocidad de su hundimiento, su cabeza perdió la carrera ante el descenso del fondo oceánico, y esa era la explicación definitiva, pues nunca termino de caer. Y mientras pequeñas burbujas bailaban cosquilleando un poco sus labios en el escape al norte, pronunció una última, ahogada palabra.

“No”.

Y despertó.

Cuchara para café A.K.A La sorprendente vida y obra del post inconcluso de hace 5 años.

Posted in Cuento with tags on 13/05/2014 by Angel Bloodjunkie

Llegó a la cafetería que está completamente vacía, completamente oscura de no ser por unas pequeñas velas sobre las mesas.

En el pequeño escenario hay un saxofonista viejo, melancólico, deprimido. Que toca con todo el dolor de su pecho, con todo el vacío de su alma, por algunas monedas y tragos que le regalan los comensales.

Me siento en una de las mesas y antes de ahogarme en la tristeza ajena llega la mesera, de unos 30 años, con apariencia de casi 40. Aún puede verse un pequeño derrame en el ojo, producto de una discusión con su marido, que probablemente llegó nuevamente borracho, drogado, hundido en vicios y perversiones.
Con una voz delicada, y al mismo tiempo rasposa, me pregunta que qué quiero tomar.

Mi café llega antes que el olora lluvia, la taza vacía se va antes de la primer gota en colisión con el cofre de un auto en Lonesometown.

El blues agoniza, el anciano agoniza.

La lluvia lamenta, lamenta en serio, sufre y llora cada gota.

El estruendo escala y posee por un momento la atención del anciano; de lamesera.

Yo me quedo frío, me muero ahí mismo. No dejo propina.

Cuando el cielo se lamenta, todos observan.

Cuando un hombre lo hace, todos están mirando hacia arriba.

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