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Lo sé porque Alex lo sabe

Posted in Cuento, Humor, Video Games on 09/04/2017 by Angel Bloodjunkie

Era un jueves. O un viernes. Las 4 o 5 de la tarde. Era el tipo de día en que no se está muy seguro de nada.

Eduardo caminaba por el departamento. Estaba emocionado. O nervioso.

—Hace ya una hora que le envié el mensaje invitándola a salir. Va a contestarme en cualquier momento…

Alex estaba sentado en el sillón jugando videojuegos. Era probablemente su tercer día jugando ininterrumpidamente. Bebía de una botella de cerveza tamaño familiar. Se preguntaba si las familias hacían eso seguido.

—Eres patético—tomo la botella por el cuello—, la gente lleva consigo su celular hasta para cagar, si tuviera intenciones de siquiera decirte que “no”, ya lo habría hecho… ¿ya te dije que eres patético?— Inclinó la botella hacia su boca y bebió.

Eduardo seguía caminando de un lado a otro del pequeño departamento como si no hubiera escuchado. Pero sí lo había hecho. Terminó por sentarse en una silla del comedor y comenzó a jugar con las servilletas.

—Puedo atrasarme un poco con la renta de este mes y llevarla al cine, o tal vez a comer. ¿Qué podría gustarle más?

Alex midió mal el salto y no alcanzó a caer en la plataforma final del nivel. En la pantalla se leyó “GAME OVER”. Le dio otro trago largo a la cerveza y dijo en tono irónico: —Oh, no lo sé, podrías preguntarle a su prometido. Sí recuerdas que tiene un prometido, ¿no?

Eduardo se levantó de la silla y caminó hacia la ventana. Estaba bañado y perfumado, y llevaba la playera que, según él, se le veía mejor.

—Sólo necesito tiempo, eventualmente se dará cuenta de que mi amor es tan profundo como sincero.

Alex hizo una mueca.

—Tienes la cabeza “profundamente” insertada en tu propio recto, ¿cómo puedes no darte cuenta?

Eduardo contemplaba las nubes y esas pequeñas casitas prendadas de las faldas de los cerros.

—Le he escrito un poema, ¿quieres escucharlo?

—¿Qué eres autista?

Eduardo sacó de su bolsillo una hoja de cuaderno doblada en cuatro. Se apresuró a desdoblarla y, mientras lo hacía, uno de los bordes le cortó la yema del pulgar derecho. Alex lo sintió.

—Si he de velar mil noches, si he de correr mil días…

—¿Es en serio?

—Si he de prenderme fuego y sellar todas las salidas…

—Detente—. Alex perdía la paciencia.

—Si he de añorar tus manos, si he de rogar tus besos…

—No—. La vista de Alex se nublaba.

—Si he de vender mi alma, si así me darás consuelo. Si he de lleva…

—¡Cállate! —Alex soltó el control —En serio que eres imbécil. No va a “darse cuenta” de tu amor. Lo sabe, lo sabe y no le importa. Mientras tú fantaseas ella probablemente está teniendo sexo con su novio. Tú estás solo y demasiado asustado para entender que estás jodido desde que naciste en un mundo triste y sin Dios. Sin significado ni propósito, en donde terminarás por morir y ser olvidado, y tampoco tendrá ninguna importancia. Así que puedes empezar por aceptarlo y callarte.

Tomó nuevamente el control. Estaba lleno de sangre.

Eduardo seguía mirando por la ventana como si no hubiera escuchado. Aún si no lo hubiera hecho, lo sabía porque Alex lo sabía.

Sonó un mensaje en su celular.

Era su casero pidiendo la renta.

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Kassandra y Esteban

Posted in Cuento, This is not funny on 29/03/2017 by Angel Bloodjunkie

Kassandra cerró la puerta tras de sí.

Comenzó a caminar por el pasillo del hospital sintiéndose irritada. No, no estaba irritada.

Salió del hospital y paró un taxi. Lo abordó.

—Buenas tardes, a Reforma por favor—. Tanto ella como el taxista escucharon algo en su voz, algo que no estaba bien. ¿Qué era?

Su celular comenzó a sonar. Ella titubeó un par de segundos y después se apresuró a contestar

—¿Bueno? — Su voz sonó atropellada, como si de pronto hubiera perdido la capacidad de modularla.

—¿Por qué no me contestas el mensaje? ¿Voy a verte hoy?

—Sí, no lo había visto, estaba comprando unas cosas, pero ya voy para allá—. No le gustaba mentir. No sabía por qué lo estaba haciendo.

—Ok, me avisas cuando llegues—. Esteban no había notado nada. No solía hacerlo. —Te amo.

—Yo también.

Guardó su celular y comenzó a mirar por la ventana. Las nubes eran abundantes y grises. No le gustaban las tardes nubladas. De pronto pensó en Arturo, no le gustaba hacerlo, pero en ese momento le resultó imposible evitarlo. Pensó que tal vez no había sido buena idea ir a verlo.

Sentía pena, o vergüenza. ¿O eran ambas? Al principio, cuando supo de sus sentimientos se sintió halagada, pero con el tiempo se convirtió en algo que prefería ignorar, algo más que arrojar al montón de verdades incómodas. ¿Era eso algo malo?

La cabeza comenzó a dolerle. La recargó en el respaldo del asiento.

Quería a Arturo, pero no tanto ni de esa manera. Tal vez, si pudiese, elegiría quererle. Pero no es posible. Nunca lo sería. Ella quería a Esteban, no sabía por qué, pero sabía que sólo lo quería a él. ¿Hizo bien en no decir nada? ¿Qué opción tenía? Ambos saben que no tiene las palabras ni las acciones que él necesita con tanta desesperación. Hubiera sido más injusto, ¿o no?

Qué predicamento. Qué desgracia. ¿Por qué tenía ella, de entre tantas personas en el mundo, que avergonzarse del amor que alguien le tenía? ¿Por qué de pronto le importaba tanto?

Miró de nuevo por la ventana del auto, miró las nubes oscuras y espesas y notó que estaba frunciendo el ceño. Sintió llegar al límite de su hartazgo… Pero de pronto, justo frente a sus ojos, las nubes comenzaron a abrirse, y de sus entrañas salieron disparados los rayos del sol. Primero un par, luego una decena, pronto eran más de los que podía contar.

Pensó en Esteban, recordó el día en que lo conoció. Volvió al primer beso y al último abrazo largo que compartieron.

Notó que el taxi se detenía lentamente y se dio cuenta que había llegado a su destino. Pagó y salió de prisa, buscándolo con la mirada llena de ilusión. Lo vio a lo lejos, reconoció su cabello, su perfil y la forma de pararse. Comenzó a correr. Esteban se dio vuelta y la miró desconcertado.

Llegó a su lado y, tomándolo de la cara, le besó. Se sintió feliz. Plena. A salvo.

No pensó en nada más.

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Arturo. Kassandra.

Posted in Cuento, Uncategorized on 09/02/2017 by Angel Bloodjunkie

Arturo no murió.

Había recibido un disparo en el abdomen cuando el asaltante no obtuvo más que un celular de poco valor. Sólo recordaba una profunda sensación de irrealidad, seguida de pánico al ver cómo se vaciaba su sangre en la banqueta.

Despertó al día  siguiente  en un cuarto de hospital, aunque él desconocía el día o la hora. Tenía  un sabor irreconocible y poco agradable en la boca. Arturo simplemente se quedó inmóvil mirando hacia el techo. Pasó al rededor de una hora.

La puerta del cuarto se abrió súbitamente. Arturo no desvió la vista del techo. Observó de reojo la figura blanca y amorfa de una enfermera, y detrás de ella otra mancha color negro cruzó la puerta.

Escuchó su nombre dicho por una voz que no era ninguna otra:

—Arturo.

Era Kassandra.

Arturo viajo a lo más profundo de su pecho y volvió con una sonrisa.

—¿Cómo estás? —Kassandra tenía una expresión en el rostro que Arturo no podía descifrar.

—No tan bien… no he logrado morirme—. Arturo sostuvo la sonrisa como un hombre fuerte sostiene una bola gigante de hormigón. Kassandra le respondió con una media sonrisa.

—Está bien, vine a terminar el trabajo—. Kassandra se sentó en la cama.

Arturo sentía la debilidad abandonar su cuerpo.

—Pues ya no tengo un celular en dónde ver imágenes de ardillas usando disfraces…  Sería cruel de tu parte no terminar con mi miseria.

Kassandra se acercó  un poco más y sacó su celular. Su cabello despedía un ligero aroma a miel. Juntos pasearon los ojos de una imagen a otra, riendo ocasionalmente. Cada risa de Arturo provocaba un dolor agudo en su herida.

Arturo comenzó a cantar una canción que sólo él podía escuchar.

Al cabo de 10 minutos apareció una notificación en la parte superior de la pantalla. Era un mensaje Esteban, el cual decía “¿Qué vas a hacer hoy?”. Ambos permanecieron en silencio. Kassandra dejó de cambiar entre imágenes.  30 segundos pasaron y la pantalla del celular se apagó, convirtiéndose en un espejo negro. Espejo en el que Arturo buscó la mirada de Kassandra, pero ella estaba mirando hacia otro sitio.

—Sé que lo quieres. Que de verdad lo quieres. Creo que está bien, pues tienes la obligación de perseguir tu felicidad—. Arturo tragó saliva y continuó: —No puedo mentir y decirte que no desearía ser yo esa felicidad.

Kassandra mantuvo la vista en otro punto de la habitación, tenía una completa ausencia de emociones en el rostro.

—Creo que no puede culpársenos, pues ninguno de los dos decidió que la situación  fuera  de esta  forma. Que me enamorara de ti—. Kassandra seguía inmóvil. Arturo hubiera recibido otro disparo con tal de saber lo que ella estaba pensando.

Arturo suspiró—. Algún día escribiré sobre ésto, escribiré  que me diste un beso antes de irte. En realidad puedes solo irte.

Kassandra se levantó de la cama, y sin dirigirle la mirada caminó hacia la puerta. Salió.

Los ojos de Arturo volvieron al techo. El tiempo adquirió una cualidad invernal.

El sonido del silencio le provocó dolor de cabeza.

Sus párpados cayeron.

Recuerdo de una velada musical

Posted in Uncategorized on 17/12/2016 by Angel Bloodjunkie

No, yo no sirvo para estas veladas blandas.  Salgo de ellas ahíto de perfumes, repleto de vapores dorados y tan triste, que de buena gana huiría del mundo a esconderme en el fondo de los bosques.

Ella estaba allí ayer, sonriente, ¡y tan cerca! Y yo no sabía nada, ni me atrevía a decirle nada. Una orquesta en que vibraba el eco de mi martirio, armonioso tumulto de arcos y dedos, acompañaba el vuelo de una voz conmovedora, lo mismo que un enjambre de caprichosos  zánganos en torno a una flor que se abre  y se abandona, la acosa con sus besos dulcemente inoportunos y mezcla con los perfumes su estremecido murmullo.

Ella escuchaba el canto con las manos cruzadas, como si rezase. Yo, celoso de los acentos que la habían conmovido, inquieto y dolorido por la dicha de verla, me daba cuenta de mi insignificancia. Y así como  bajo el cielo mate y húmedo del otoño el árbol se despoja por sí mismo de su corona , mi juventud, con frío placer, dispersaba en la muerte todas sus frondas de esperanza y anhelo. ¡Qué familiares sois para mí, pesado vuelo de las horas, suspiros que nadie oye, lágrimas internas que bañais mi generoso orgullo humillado, lo mismo que la lluvia inunda un templo derruido! Pero esa angustia la ignoraba todavía.

Me marché con el alma perfumada y sonora, y mientras caminaba al azar, en las vagas profundidades de mi ensueño oía responderse y morir las voces entremezcladas de un mundo de cantores, como un pueblo de ecos perdidos en los valles. ¡Oh música, torrente de embriaguez y lasitud, confusa para la mente , pero tan exacta para el corazón, que, sorprendiendo en el aire las quejas de la Naturaleza, haces hablar entre ellas a la esperanza y al dolor! ¡Lenguaje universal, como el del beso! Tus sollozos, gratos al corazón, vibran en él hasta casi romperlo.

Al regreso encontré todos mis libros de estudio diseminados en ese desorden en que se complace la costumbre. Como hermanos me decían: “Te hemos estado esperando.  ¿Cómo llegas tan pálido y turbado?  ¿De dónde vienes, imprudente?” Mis lágrimas se atrevieron entonces a brotar, rompiendo por fin su dique y maldiciendo de todas aquellas melodías, flores cubiertas por un velo que exhalan en la tierra el incienso de un paraíso que yo no percibía. “Se ha acabado -exclamé-; no se debe amar a nadie. ¡Quiero que se enfríe y se congele todo lo que arde y se estremece dentro de mí! ¡Seré extraño a la tierra, lo mismo que un espectro! Con  Dante a mi izquierda y Pascal a mi derecha, haré de mi vida una estrecha celda, con una sola salida sobre mi propia tumba; no tendré otros amigos que un libro y una antorcha. Tenazmente, injertaré mi sueño en el árbol de la ciencia, avaro de su savia, y lo clavaré en él hasta lo más amargo de su jugo, como se clava una cuña en el boj con un mazo de hierro.”

Y así, ávido de austeridad y más firme que un neófito que ve sonriente caer sus rubios cabellos, me reí del amor como si fuera un dios parásito. Mas, por fin (son tan largas las horas de la noche), la suave serpiente del sueño se enroscó  a mi pacífico abrazo, y me hechizó con sus ojos invisibles. Voló el sueño sobre mi frente, y las sombras me devolvieron consolado al nuevo día. A los veinte años se necesita muy poco para renacer: los vidrios, sonrosados por el saludo del alba, una mirada del sol que acaricia suavemente los ojos, un rincón de mármol blanco en el oro lejano de los cielos, una flor, una nube, una ola,  el zumbar de una abeja, y ya estamos curados de las penas de la víspera. La juventud es tan fuerte y tan rica en amores, que su desesperación es corta, por profunda que sea.

-Sully Prudhomme

Derrota

Posted in This is not funny on 18/11/2016 by Angel Bloodjunkie

Dos pares de labios se acercan. Yo me alejo.

Las manos se rozan. Mientras, las mías se enfrían.

¿Qué facultad tengo, además de mi voluntad, para intervenir en un plan escrito en las estrellas?

Los brazos rodean a los cuerpos y aumentan la presión. La presión en mis arterias cede.

Los ojos se miran y contemplan su plenitud. Mis ojos miran arriba y llueven.

¿Que derecho tengo, además del que otorga el dolor, para obstruir el camino del destino más divino?

Los labios se besan. Yo me alejo.

Victoria

Posted in This is not funny on 12/11/2016 by Angel Bloodjunkie

Llegó con las lunas de octubre, y para los vientos fríos de diciembre seguía ahí: alojado en mi pecho como una bala entre el tejido muscular. Jugando con el tiempo como un niño con un reloj. Mañanas fugaces seguidas de tardes longevas. Noches perpetuas. Provocando que el hombre esté tan enfermo como puede estar sin estarlo realmente. Una lluvia invisible que empapa el alma y  la hace sentir pesada. Un corazón tan agotado que late más rápido que nunca.

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En la estación

Posted in Cuento, This is not funny with tags , , on 18/06/2015 by Angel Bloodjunkie

Provino de un día inesperado.

Semanas de caminarme en la cabeza. La mañana pesarosa cambia en algo más.

Me encontraba ocupando un lugar y momento que no me pertenecía, pues el encargado de la compañía para hacer el viaje, Adrián Marsen, recién había muerto de un accidente de automóvil. Adrián. Bendito sea.

Fuera de mis expectativas, más dentro de las posibilidades, Cecilia Heartburn llegó a tomar lugar junto a mi en la Estación de Santa Apolonia, donde esperaba mi tren nocturno hacia Madrid.

A pesar de haber trabajado varios meses en el mismo lugar e incluso haber intercambiado un par de comentarios, eramos poco más que ajenos.

En ese momento, más que en cualquier otro, me esforcé por no mirarle.
Ella tampoco me miró.

Sentí la garganta cerrarse, ahogando un grito.
Las piernas colapsar al reprimir el impulso de salir corriendo.
Y el pecho (¿aún era mi pecho?) reventar y desbordar.

Tomé varias-malas decisiones:

Como espiarle sonrisa, escudriñando de un borde al otro, buscando los detalles menos manifiestos.
Temblé y a la vez arrojé, torpe y estérilmente, comentarios que fueron sofocados fácilmente por la voz de la estación.
Sufrí mi obstinación de pensar que obtendría respuesta.

Ella simplemente existía, y miraba y respiraba. Junto-pero-no a mi.

Su mirada no se posaba en mí, aunque a momentos podía sentir el ardor de la misma, rosándome el alma cada que veía detrás de mi o sobre mi cabeza. Parecía buscar a alguien.

A momentos se levantaba o inclinaba con el mismo afán de la búsqueda, momentos que por excelencia eran los más injustos con mi corazón, pues su blusa de talla exacta hacía asomar destellos de su vientre y espalda baja quienes, sin miedo a apostar mil fortunas, sabrían a mar y atardecer.

Cada segundo hacía aumentar mi fiebre, y con ella el miedo a que fuera incurable.
El aire que salía a suspiros no parecía volver a entrar.

Adrían. Bendito sea.

Mi mente, decidida a escapar, se disparaba en múltiples direcciones. Todas ellas terminando en el mismo punto.

Actué, tomando mi libro y clavando los ojos en él, pero ellos se arrancaban de forma violenta y de vuelta al sol.
Me empeciné en cerrarlos, pero no bastó con que mis ojos dejaran de verla para dejar de observarla. Aún percibía a la perfección el calor de su mirada, que paró de pronto y justo en la portada de mi libro.
Gradual pero rápido sentí el libro encandecer en mis manos. Estuve a punto de soltarlo.

Para ese momento no quedó opción. Tomé una hoja y una pluma y, sepultando el momento entero en palabras, me dispuse a levantarme, pues el llamado de mi tren había sonado hace más de 5 minutos.

Súbitamente (y más de lo que la palabra misma puede expresar) la entropía del Universo dio marcha atrás, ella se dio vuelta hacia mi y preguntó:

—¿Qué escribes?