Objetos perdidos I

Era Semana Santa, yo tenía nueve años. Acompañaba a mi madre a la peregrinación celebrada en algún lugar de Iztapalapa. El calor era sofocante y yo pasaba por un temprano hastío por todo lo que tuviera que ver con la religión. Además de que nunca me han agradado las largas exposiciones al sol ni las multitudes.

Traía una gorra color beige. Tenía un recubrimiento de piel, o una imitación del mismo. No sé cómo se supone que yo diferenciara eso. Tenía a la rata eléctrica conocida como Pikachu bordada al frente. Después de todo eran inicios del año 2000.

Las gorras en ese periodo de mi vida eran importantes, pues evitaban que mis chinos se esponjaran, cosa que resultaba odiosa, y además tenían la cualidad adicional de esconder mis ojos de los ojos de los demás, si las usaba lo suficientemente bajas. Eso era siempre, en realidad. Y de todos los items preciosos cubrecabeza que poseía (quizá unas diez gorras), por algún motivo ese era el más preciado.

El día continuó, junto con la representación. Hubo azotes, diálogos y pies lavados; después, crucifixión. Al levantar al actor que hacía las veces del hijo de Dios, el cielo se nubló. La gente miró arriba sin musitar. Se apreciaban claramente desconcertados. El viento aumentó su velocidad, sacudiendo todo lo sacudible.  Mi ateísmo germinante sonrió a escondidas y sus ojos miraron hacia dentro del cráneo.

Pater in manus tuas commendo spiritum meum

Terminó y entramos a la iglesia frente a la que pasó todo. Tuve que quitarme la gorra contra mi voluntad. Había muy pocas personas y, pese a las muchas veladoras, la luz que lloraba ese atardecer apenas y resbalaba por los vitrales, que tenían tantos santos como una anciana de ochenta y cinco años puede recordar.

Nos sentamos en la segunda fila más cercana al altar, en silencio. Mi madre rezaba, tal vez, por el futuro incierto. Yo cerré los ojos e intenté escuchar una voz gigante que viniera de cualquier lado que no fuera mi interior. Fue menos de un minuto antes de que abriera de vuelta los ojos, aburrido.

Mi mirada fue a parar a la figura de Cristo: un metro ochenta de fibromadera, un millón trecientos mil pesos. Los ojos de vidrio y la expresión de perpetuo sufrimiento debían valerlos.

Salimos de la iglesia. Volvimos a casa.

No se si ese día había perdido mi fe, pero sí mi gorra.

Imágenes religiosas en cifras

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: