Arturo. Kassandra.

Arturo no murió.

Había recibido un disparo en el abdomen cuando el asaltante no obtuvo más que un celular de poco valor. Sólo recordaba una profunda sensación de irrealidad, seguida de pánico al ver cómo se vaciaba su sangre en la banqueta.

Despertó al día  siguiente  en un cuarto de hospital, aunque él desconocía el día o la hora. Tenía  un sabor irreconocible y poco agradable en la boca. Arturo simplemente se quedó inmóvil mirando hacia el techo. Pasó al rededor de una hora.

La puerta del cuarto se abrió súbitamente. Arturo no desvió la vista del techo. Observó de reojo la figura blanca y amorfa de una enfermera, y detrás de ella otra mancha color negro cruzó la puerta.

Escuchó su nombre dicho por una voz que no era ninguna otra:

—Arturo.

Era Kassandra.

Arturo viajo a lo más profundo de su pecho y volvió con una sonrisa.

—¿Cómo estás? —Kassandra tenía una expresión en el rostro que Arturo no podía descifrar.

—No tan bien… no he logrado morirme—. Arturo sostuvo la sonrisa como un hombre fuerte sostiene una bola gigante de hormigón. Kassandra le respondió con una media sonrisa.

—Está bien, vine a terminar el trabajo—. Kassandra se sentó en la cama.

Arturo sentía la debilidad abandonar su cuerpo.

—Pues ya no tengo un celular en dónde ver imágenes de ardillas usando disfraces…  Sería cruel de tu parte no terminar con mi miseria.

Kassandra se acercó  un poco más y sacó su celular. Su cabello despedía un ligero aroma a miel. Juntos pasearon los ojos de una imagen a otra, riendo ocasionalmente. Cada risa de Arturo provocaba un dolor agudo en su herida.

Arturo comenzó a cantar una canción que sólo él podía escuchar.

Al cabo de 10 minutos apareció una notificación en la parte superior de la pantalla. Era un mensaje Esteban, el cual decía “¿Qué vas a hacer hoy?”. Ambos permanecieron en silencio. Kassandra dejó de cambiar entre imágenes.  30 segundos pasaron y la pantalla del celular se apagó, convirtiéndose en un espejo negro. Espejo en el que Arturo buscó la mirada de Kassandra, pero ella estaba mirando hacia otro sitio.

—Sé que lo quieres. Que de verdad lo quieres. Creo que está bien, pues tienes la obligación de perseguir tu felicidad—. Arturo tragó saliva y continuó: —No puedo mentir y decirte que no desearía ser yo esa felicidad.

Kassandra mantuvo la vista en otro punto de la habitación, tenía una completa ausencia de emociones en el rostro.

—Creo que no puede culpársenos, pues ninguno de los dos decidió que la situación  fuera  de esta  forma. Que me enamorara de ti—. Kassandra seguía inmóvil. Arturo hubiera recibido otro disparo con tal de saber lo que ella estaba pensando.

Arturo suspiró—. Algún día escribiré sobre ésto, escribiré  que me diste un beso antes de irte. En realidad puedes solo irte.

Kassandra se levantó de la cama, y sin dirigirle la mirada caminó hacia la puerta. Salió.

Los ojos de Arturo volvieron al techo. El tiempo adquirió una cualidad invernal.

El sonido del silencio le provocó dolor de cabeza.

Sus párpados cayeron.

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