Recuerdo de una velada musical

No, yo no sirvo para estas veladas blandas.  Salgo de ellas ahíto de perfumes, repleto de vapores dorados y tan triste, que de buena gana huiría del mundo a esconderme en el fondo de los bosques.

Ella estaba allí ayer, sonriente, ¡y tan cerca! Y yo no sabía nada, ni me atrevía a decirle nada. Una orquesta en que vibraba el eco de mi martirio, armonioso tumulto de arcos y dedos, acompañaba el vuelo de una voz conmovedora, lo mismo que un enjambre de caprichosos  zánganos en torno a una flor que se abre  y se abandona, la acosa con sus besos dulcemente inoportunos y mezcla con los perfumes su estremecido murmullo.

Ella escuchaba el canto con las manos cruzadas, como si rezase. Yo, celoso de los acentos que la habían conmovido, inquieto y dolorido por la dicha de verla, me daba cuenta de mi insignificancia. Y así como  bajo el cielo mate y húmedo del otoño el árbol se despoja por sí mismo de su corona , mi juventud, con frío placer, dispersaba en la muerte todas sus frondas de esperanza y anhelo. ¡Qué familiares sois para mí, pesado vuelo de las horas, suspiros que nadie oye, lágrimas internas que bañais mi generoso orgullo humillado, lo mismo que la lluvia inunda un templo derruido! Pero esa angustia la ignoraba todavía.

Me marché con el alma perfumada y sonora, y mientras caminaba al azar, en las vagas profundidades de mi ensueño oía responderse y morir las voces entremezcladas de un mundo de cantores, como un pueblo de ecos perdidos en los valles. ¡Oh música, torrente de embriaguez y lasitud, confusa para la mente , pero tan exacta para el corazón, que, sorprendiendo en el aire las quejas de la Naturaleza, haces hablar entre ellas a la esperanza y al dolor! ¡Lenguaje universal, como el del beso! Tus sollozos, gratos al corazón, vibran en él hasta casi romperlo.

Al regreso encontré todos mis libros de estudio diseminados en ese desorden en que se complace la costumbre. Como hermanos me decían: “Te hemos estado esperando.  ¿Cómo llegas tan pálido y turbado?  ¿De dónde vienes, imprudente?” Mis lágrimas se atrevieron entonces a brotar, rompiendo por fin su dique y maldiciendo de todas aquellas melodías, flores cubiertas por un velo que exhalan en la tierra el incienso de un paraíso que yo no percibía. “Se ha acabado -exclamé-; no se debe amar a nadie. ¡Quiero que se enfríe y se congele todo lo que arde y se estremece dentro de mí! ¡Seré extraño a la tierra, lo mismo que un espectro! Con  Dante a mi izquierda y Pascal a mi derecha, haré de mi vida una estrecha celda, con una sola salida sobre mi propia tumba; no tendré otros amigos que un libro y una antorcha. Tenazmente, injertaré mi sueño en el árbol de la ciencia, avaro de su savia, y lo clavaré en él hasta lo más amargo de su jugo, como se clava una cuña en el boj con un mazo de hierro.”

Y así, ávido de austeridad y más firme que un neófito que ve sonriente caer sus rubios cabellos, me reí del amor como si fuera un dios parásito. Mas, por fin (son tan largas las horas de la noche), la suave serpiente del sueño se enroscó  a mi pacífico abrazo, y me hechizó con sus ojos invisibles. Voló el sueño sobre mi frente, y las sombras me devolvieron consolado al nuevo día. A los veinte años se necesita muy poco para renacer: los vidrios, sonrosados por el saludo del alba, una mirada del sol que acaricia suavemente los ojos, un rincón de mármol blanco en el oro lejano de los cielos, una flor, una nube, una ola,  el zumbar de una abeja, y ya estamos curados de las penas de la víspera. La juventud es tan fuerte y tan rica en amores, que su desesperación es corta, por profunda que sea.

-Sully Prudhomme

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