Archivo para mayo, 2013

Una Primavera Intemporal

Posted in Literatura with tags , on 02/05/2013 by Angel Bloodjunkie

Era un sábado. El día en que se podría gritar sin que los timbres de plata de los maestros pidieran silencio; el día en que los gigantes incoloros se movían en la pálida pantalla del cine Elite largo y oscuro, y los niños eran sólo niños y no cosas que crecían.

No vi a nadie. Por la mañana, cuando tendría que haber ido de excursión a la linea de ferrocarril de la orilla norte, donde el sol ardiente hervía en las largas paralelas de metal, anduve holgazaneando con una terrible indesición. Y cuando llegué al barranco ya era media tarde y no había nadie allí; todos los chicos había corrido al centro a ver la funsión de la tarde y a chupar pastillas de limón.
El barranco estaba muy sólo, y parecía tan tranquilo y viejo y verde que tuve un poco de miedo. Nunca lo había visto tan silencioso. Las vides colgaban serenamente de los árboles y el agua corría sobre las piedras y los pájaros cantaban en las alturas.
Bajé por el sendero secreto, ocultándome detrás de los arbustos, deteniéndome y avanzando de nuevo.
Clarisse Mellin atravezaba el puente cuando llegué allí.
Volvía del centro con varios paquetes pequeños debajo del brazo. Nos saludamos con timidez.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Paseando —dije.
—¿Solo?
—Sí. Todos los demás chicos están en el centro.
Clarisse vaciló un poco y luego preguntó:
—¿Puedo pasear contigo?
—Supongo que sí —dije—. Vamos.
Bajamos al barranco. Zumbaba como una enorme dínamo. Nada parecía querer moverse, todo estaba muy tranquilo. Unas agujas de zurcir rosadas volaban y chocaban contra bolsas de aire, y flotaban sobre la centellante agua del arroyo.
La mano de Clarisse rozó la mía mientras íbamos por el sendero. Sentí el olor húmedo en el barranco y el olor suave y nuevo de Clarisse a mi lado.

Llegamos a un sitio donde otro sendero se cruzaba con el nuestro.
—Allí construimos una choza en un árbol el año pasado —dije, señalando.
—¿Dónde? —Clarisse se me acercó para saber qué señalaba mi dedo. —No veo.
—Allí —dije, apuntando de nuevo mientras se me quebraba la voz.

Muy despacio, Clarisse me rodeó con el brazo. Estaba tan sorprendido y aturdido que casi grité. Entonces, temblando, sus labios me besaron, y mis propias manos se movieron para abrazarla mientras me estremecía y gritaba por dentro.

El silencio era como una explosión verde. El agua burbujeaba en el lecho del arroyo. Yo no podía respirar.
Supe que todo había terminado. Estaba perdido. Desde ese momentos sería inevitable tocar, comer alimentos, aprender lengua y álgebra y lógica, sentir un movimiento y una emoción, besar y abrazar, un remolino de sensaciones que me sorberían y me ahogarían. Sabía que ahora estaba perdido para siempre, pero no me importaba.
Pero me importaba, y reía y lloraba al mismo tiempo, y no podía hacer nada más que abrazarla y amarla con toda la decisión y el alboroto de mi cuerpo y de mi mente.
Podría haber seguido librando mi guerra contra mamá y papá y la escuela y la comida y las cosas de los libros, pero no podía luchar contra esa dulzura en los labios y esa tibieza en las manos y el nuevo olor en la nariz.
—Clarisse, Clarisse —grité, abrazándola, mirando por encima de su hombro sin ver, hablándole al oido—. ¡Clarisse!

Ray Bradbury – Mucho Después de Medianoche.