“Todo está bien”

Posted in Cuento on 06/10/2018 by Angel López

Acababa de salir de una de esas relaciones de las que nos avergüenza hablar, pero no podemos dejar de hacerlo. Soy, cuando menos, codependiente, y era más una sorpresa que esa relación de cuatro años hubiera terminado, pese a que Roberto y yo ya no éramos ni por asomo felices.

Aún así lo extrañaba. Mi pecho estaba de alguna extraña forma impregnado de su aroma y yo no dejaba de pensar en él. Por exigencia, más que por consejo de mis amigas, borré su número y les prometí no volver a llamarlo, mandarle mensajes ni espiarlo por ningún medio. Yo así lo hice, pero me dolió amargamente que él no lo hiciera tampoco. Yo no quería que lo hiciera, qué bueno que no lo hizo, pero… ¿por qué no lo hizo?

Al cabo de un par de semanas, me decidí a salir de nuevo con mis amigas. Yo extrañaba verlas, pero me incomodaba que la mayoría de los esfuerzos estuvieran enfocados a conseguirme una nueva pareja. “No tienes que andar a fuerza con alguien, pero disfruta tu soltería y aprovecha para distraerte”, me decían. Yo no me oponía a la idea, pero tampoco estaba auténticamente entusiasmada. Además, el que me recordaran constantemente que debía buscar a alguien, llevaba la marca indiscreta de que ya no estaba con Roberto.

De cualquier forma, no fue ahí donde conocí a Leobaldo, sino que me lo presentó mi madre, después de insistirme mucho para ir al cumpleaños de mi tía Azucena. Leobaldo era hijo de los vecinos de mi tía, y tenía 24 años, sólo dos más que yo.

No era realmente feo, pero tampoco el primero que voltearías a ver cuando paseas por alguna plaza comercial. Su personalidad era moderada, por decirlo de alguna manera. Tenía buenos modales, pero no soportaba la forma en la que se reía. Solía ser una risa contenida, asfixiada, estrangulada a medio camino. Por suerte no lo hacía mucho.

Me invitó a salir mientras hablábamos en la sala después de cenar. Mi madre me miraba desde la mesa como si pudiera leer nuestros labios, y sus ojos casi me arrancaron el “sí” de la boca.

Comencé a salir con Leobaldo. Los lugares a los que me llevaba eran aburridos, pero decentes. A veces al cine, otras a tomar café, y uno de esos días debió sentirse aventurero, pues me llevó al zoológico a ver a los pingüinos. Roberto me abría llevado al nuevo motel que abrió cerca de la salida a la carretera. Solíamos coleccionar los jabones de esos lugares, y él los apilaba en una repisa de su baño, como si fuera un altar a su infantil perversión. A mí me parecía divertido.

Roberto… Al cabo de mes y medio seguía pensando en él. Su voz me seguía de aquí para allá, y me bajaba el ánimo cuando de mí asomaba la más leve satisfacción. Experimentaba la violenta necesidad de verlo, de probarlo, de volverme a asquear y aburrir de él, y sentir la monotonía y casi desprecio que él me profesaba. Aún lo amaba.

Un jueves yo estaba recostada en mi cama. La noche era tan silenciosa que, si me quedaba lo suficientemente quieta, podía escuchar la juventud salir corriendo de mi cuerpo. Todo se sentía tan lejos, que pasarían décadas antes de que cualquier objeto entrara en mi órbita y me despertara de ese adormecimiento funesto.

Sin advertirlo, algo entró por mi ventana a más de trecientos metros por segundo. Era un grito, o un rugido. Mi cerebro espabiló: era un motor. El de Roberto. Salté de la cama, y mientras me apresuraba a la ventana, lo imaginé parado a un lado de su coche, flores en mano y con los ojos suplicantes de perdón. Corrí las cortinas y ahí estaba, aún subido en el auto, con el ceño algo fruncido e impaciente. Yo sonreí.

Me vestí y pinté los labios como en un solo movimiento y salí como un ratón de mi casa. Casi salto al auto por la ventana. Esto siguió pasando los jueves de cada semana. Leobaldo me preguntaba que a qué se debía ese gran cambio de humor, y yo le dije que había comenzado a tomar las vitaminas con las que insistía mi doctor desde que tenía 13 años.

Él también había empezado a comportarse con mejores ánimos, lo que lo hacía más soportable, al menos hasta que volvía a empezar a reírse como si le apuntaran una pistola en la cara. Yo no sentía culpa, y no veo el por qué debía hacerlo, si lo único que hacíamos era pasar el rato juntos. Nunca intentó tocarme ni un pelo, y me daba cuenta con facilidad de cómo temblaba cuando se acercaba para ponerme su chamarra sobre los hombros cada que el clima enfriaba. Un par de veces llegó a llevarme a lugares particularmente caros a cenar y de la nada se ponía muy serio, pero yo me divertía acusándolo de padecer una indigestión.

A ratos la vida se torna cómoda, y nos hace olvidar que no es más que un huevo bamboleante en la orilla de una pendiente. Pues yo me embaracé de Roberto. Estaba triste y molesta. Cuando le conté, pensé que reaccionaría distinto, pero resultó que no quería saber nada de eso, y dijo que lo mejor para los dos sería distanciarnos. O no volver a vernos. Que eso era lo más maduro, pues lo nuestro tenía mucho de haber acabado.

Yo enloquecí de rabia y no se me ocurrió otra cosa que contarle de Leobaldo, pensando que tal vez le darían celos y cambiara de opinión, pero nunca lo vi tan desinteresado con nada en su vida, así que enfurecí aún más.

Yo no quería al bebé, ni a Leobaldo. Odiaba a Roberto y quería ser cualquier otra persona en el mundo. Pero no lo era.

Le inventé a Leobaldo que tenía fiebre y no lo vi esa semana ni la siguiente. Cuando estaba en planes para adquirir una nueva enfermedad, mi madre entró a mi cuarto con lágrimas en los ojos. Lo que pasa con las lágrimas es que se ven igual cuando sus motivos son felices o trágicos. Detrás de ella entró Leobaldo, con un traje nuevo y unas flores.

Se acercó y me abrazó. Con su boca cerca de mi oído, y lejos del de mi madre, dijo: “Karla, sé lo de Roberto. También lo del bebé. Todo está bien”. Me soltó, y poniendo su rodilla izquierda en mi alfombra color vino, sacó una pequeña caja negra de su bolsillo.

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Cuando dice mi nombre

Posted in Cursi on 02/09/2018 by Angel López

Me gusta cuando ella dice mi nombre.

No lo dice seguido, mucho menos diario.

Me gusta porque las dos sílabas que resbalan por su faringe le rozan los labios.

Besa mi nombre y mi nombre la besa, aunque ella no lo note.

Lo ha dicho triste y enojada. Con tono de lástima y tal vez con cariño.

Cada una de ellas ha sido preciosa, pues es ella reconociendo mi existencia en el mundo.

La locura que me invadiría si supiera que lo ha dicho cuando no estoy cerca…

En su mente o en sus sueños. O tal vez sola en su habitación.

¿Lo ha dicho hoy? No he de saberlo.

Espero, pues, que el último día que lo diga.

Yo ya no esté para escuchar el silencio que le preceda.

 

Where you going?
Don’t go
No no no no
Stay right here
I’m more sincere when I drink

Cause you were right all along
I’m drunk

But I can tell, I can tell, I can
Tell you’re my type of girl
All I want, all I want
Is for you and I to ride love’s ferris wheel

Objetos perdidos I

Posted in Relato on 02/09/2018 by Angel López

Era Semana Santa, yo tenía nueve años. Acompañaba a mi madre a la peregrinación celebrada en algún lugar de Iztapalapa. El calor era sofocante y yo pasaba por un temprano hastío por todo lo que tuviera que ver con la religión. Además de que nunca me han agradado las largas exposiciones al sol ni las multitudes.

Traía una gorra color beige. Tenía un recubrimiento de piel, o una imitación del mismo. No sé cómo se supone que yo diferenciara eso. Tenía a la rata eléctrica conocida como Pikachu bordada al frente. Después de todo eran inicios del año 2000.

Las gorras en ese periodo de mi vida eran importantes, pues evitaban que mis chinos se esponjaran, cosa que resultaba odiosa, y además tenían la cualidad adicional de esconder mis ojos de los ojos de los demás, si las usaba lo suficientemente bajas. Eso era siempre, en realidad. Y de todos los items preciosos cubrecabeza que poseía (quizá unas diez gorras), por algún motivo ese era el más preciado.

El día continuó, junto con la representación. Hubo azotes, diálogos y pies lavados; después, crucifixión. Al levantar al actor que hacía las veces del hijo de Dios, el cielo se nubló. La gente miró arriba sin musitar. Se apreciaban claramente desconcertados. El viento aumentó su velocidad, sacudiendo todo lo sacudible.  Mi ateísmo germinante sonrió a escondidas y sus ojos miraron hacia dentro del cráneo.

Pater in manus tuas commendo spiritum meum

Terminó y entramos a la iglesia frente a la que pasó todo. Tuve que quitarme la gorra contra mi voluntad. Había muy pocas personas y, pese a las muchas veladoras, la luz que lloraba ese atardecer apenas y resbalaba por los vitrales, que tenían tantos santos como una anciana de ochenta y cinco años puede recordar.

Nos sentamos en la segunda fila más cercana al altar, en silencio. Mi madre rezaba, tal vez, por el futuro incierto. Yo cerré los ojos e intenté escuchar una voz gigante que viniera de cualquier lado que no fuera mi interior. Fue menos de un minuto antes de que abriera de vuelta los ojos, aburrido.

Mi mirada fue a parar a la figura de Cristo: un metro ochenta de fibromadera, un millón trecientos mil pesos. Los ojos de vidrio y la expresión de perpetuo sufrimiento debían valerlos.

Salimos de la iglesia. Volvimos a casa.

No se si ese día había perdido mi fe, pero sí mi gorra.

Imágenes religiosas en cifras

Cariño

Posted in Cursi on 11/08/2018 by Angel López

Ella existe. El simple hecho es suficiente para sacudir mi alma.
La idea de ella es tan antigua como mi conciencia, y esa idea pareciera haber permanecido dormida en mi interior a lo largo de los años, despertando tímidamente al roce del corazón con las tempranas melodías, rebotando en las paredes de mi pecho; asomando por los bordes de mi psique al pasear los ojos por los primeros versos de la juventud.

La primera vez que la miré resultó confuso para mis ojos, abrumador para mi mente e injusto para mi corazón, pues la franca belleza provino de todas direcciones:

Su cabello pareciera ser castaño, pero se enciende como una hoguera al contacto con los rayos del Sol, revelando toques dorados y matices rojizos; en ella mi pasado y mi futuro crepitan. Yo observo, mientras mi olfato atrapa, cómplice de la brisa, a esa flor de mil aromas, de mil dulzuras.

Sus ojos son grandes, pues contienen la vida y la felicidad, o la promesa, o el anhelo dulce y doloroso al imposible; estrellas inasibles, prohibidas para el alma del mortal, cuyo mérito resulta escaso para pretender mencionarlas. Son dos gatos curiosos que asoman por la ventana de tus propios ojos, descubriendo tu naturaleza; noble o ruin, ideal o trágica, intacta o fracturada.

Sus labios, los cuales parecen el colmo de toda suavidad, dibujan la letra “M”, aparente obra de una mano docta, virtuosa; educada por décadas en caligrafía. “M” de miel que está de más cuando la miro y de la maldita megalomanía que tengo a veces de pensarla mía. “M” de montañas gemelas; privilegiado el valiente quien tiene la oportunidad de conquistarlas.  Rubíes tersos de tentación ilícita. Robaría mi propio tiempo, mataría mi honor y orgullo; cumpliría la sentencia de tres vidas por el crimen con sabor a deseo.
Y aunque éstos parecieran encarnar la dulzura última del mundo, esconden tras de sí una sonrisa capaz de levantar la voluntad más diluida. Fundida en mi memoria,  apoderada de mi ensueño. Sin opción más que rendir, de ese día en adelante, mi más devota ternura.

Su abrazo, bendito consuelo, se evapora sin previo aviso con la llegada del alba.

Su beso: tan breve como terso. Su calidez perdura incluso cuando ha cesado el contacto. Quien lo tuvo, por siempre lo anhela. Quien lo tuvo, por siempre lo añora. Dualidad es recuerdo. Dicha en desdicha. Es sentencia y perdón; susurro y tormenta. Es pecado y absolución.
Labios que abrazan labios, lengua que sofoca el ardor.
Separatidad mitigada. Melancolía justificada.

Su voz viaja con los ríos y empapa los oídos. Me arrulla y me ensordece. Me recorre eléctrica de arriba abajo; desde dentro hacia afuera. Me despierta dentro del sueño, pues el sueño es su voz.

Sus mejillas contienen —como flor al néctar— un discreto rubor, no confeso pero evidente: nubes enternecidas por el rosa atardecer.

Su cuello dibuja una curva orbital. De esbeltez tan perfecta que se antoja sardónica. Sugerencia inocente… incitación instintiva cuasi-animal. Evocación nocturna al colmillo lunar.

Sus pechos: oda a la joven simetría; desplante a Afrodita y reto a Turan. Triunfo sobre Venus.

Su ombligo es como una fuente en una plaza de marfil, que yace en el centro de la ciudad soñada de Kadath.

Sus piernas son largas, como la espera por el amanecer en una noche insomne; fuertes y perseverantes como la nostalgia de lo ya perdido. Ejercitadas por las caminatas infatigables que parten de mi inconsciente hasta mi sueño en vigilia y de regreso.

Sus manos apartan mis dudas, vierten pétalos en mi imaginación. Sostienen improbabilidades: dentro de una de ellas va mi corazón. Si ha de caer y quebrarse, que caiga desde la altura de su decisión.

Ella cree en el amor, y el más ruin de los corazones, la más rota de las almas, lo hará con sólo mirarla.

Todo lo que de vos quisiera
es tan poco en el fondo
porque en el fondo es todo

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“Resulta que el chico rudo es un romántico del siglo XIX. ¡Sacude el mantel y tira toda la cursilería y bisutería! Algo habrá que quede.”
-Héctor Manjarrez
Julio 2018

Kenzaburō Ōe, El grito silencioso

Posted in Literatura on 02/08/2018 by Angel López

—¿Los escritores? Es verdad que dicen cosas que se aproximan a la verdad, y que siguen viviendo sin que los maten a golpes y sin volverse locos. Esos individuos engañan a los demás con el entramado de su ficción. Pero lo que esencialmente mina la tarea de un escritor es el hecho mismo de que, una vez ha conseguido imponer un entramado de ficción, puede decir cualquier cosa, por muy horrible, peligrosa o vergonzosa que sea. Por muy seria que sea la verdad que dice, siempre tiene presente que en la ficción puede decir lo que quiera, por lo que es inmune desde el principio a cualquier veneno que contengan sus palabras. Y, a la larga, esto se le transmite al lector, quien se forma una pobre opinión de la ficción al considerarla algo que nunca llega a penetrar hasta los arcanos más profundos del alma. Mirándolo de esta manera, la verdad, en el sentido en que yo la imagino, no está presente en nada escrito o impreso. A lo sumo, todo lo que puedes encontrar es un escritor que dé un salto en la oscuridad al tiempo que pregunta: «¿Puedo decirte la verdad?».

Kenzaburō Ōe, El grito silencioso. Anagrama.

Esteban, no Arturo

Posted in Cuento on 27/07/2018 by Angel López

Primera parte (Arturo. Kassandra)

Segunda parte (Kassandra y Esteban)

 

Esteban se consideraba a sí mismo un buen esposo. No era el mejor ni el peor, lo cual parecía suficiente, y suficiente, para él, estaba más que bien.

No era un bebedor empedernido y mucho menos un conjugue violento. Tal vez un adúltero de clóset, pero creía con fuerza que la monogamia era una ilusión producto del romanticismo del siglo XIX, cuyos ideales eran más que absurdos para las personas que se batían a duelo día a día con la actualidad.

Kassandra no se quejaba, y es que ¿por qué lo haría? Él era un buen proveedor, y a ella no le faltaba nada. Incluso podía darse los lujos de vivir en la colonia Del Valle, tener un piano que nadie tocaba, pero que el decorador había puesto en la sala, y pasar las tardes en su estudio pintando diosabráqué. Sus dos hijos, Alan y Beto, iban en una buena primaria. El perro “comía hasta mejor que él”. Otras esposas debían buscar trabajillos para apoyar con los gastos, pero no Kassandra.

Esteban pensaba esto mientras se acariciaba las entradas y veía la televisión en la sala. Esperaba a que Kassandra terminara de preparar la comida: pasta y albóndigas. Se había encargado de dejarle bien claro que no quería las albóndigas en caldo, no quería que estuvieran demasiado cocidas y, por sobre todas las cosas, no quería que las albóndigas tuvieran huevo duro adentro. “Es la peor forma de arruinar una perfecta bola de carne”, decía él.

Sonó el teléfono. Esteban esperó a que la única persona en la casa, además de él contestara.

Hubo una pausa y vio de reojo la silueta de Kassandra entrar en la sala, pero él no apartaba los ojos del televisor.

—Es para ti. Arturo— se limitó a decir con un tono seco y volvió hacia la cocina.

—¡Hm! — entonó Esteban, con un dejo de burla y un toque de hambre.

Levantó el auricular del teléfono y gritó —, ¡Cueeelgaaaa! — Se puso la bocina en la oreja izquierda.

—No creo poderte volver a prestar, Arturito, además creo que aún me debes los dos mil pesos— Se apreciaba un tono tan hostil como burlón.

—Hola, Esteban, no he dicho nada y eres menos que perspicaz como para adivinar el motivo de la llamada— dijo Arturo tratando de denotar un poco de seguridad —, además ese dinero te lo pagué desde el año pasado.

—Tengo que revisar mis cuentas, por ahí lo apunté en un cuaderno, no porque seas mi primo te voy a andar regalando mi dinero— respondió Esteban, aferrándose a su actitud malintencionada.

—No, Esteban, eso te lo pagué, y no te llamo para pedir prestado, era una invitación —. Arturo sonaba más inseguro, como cuando eran niños y Esteban lo disminuía a punta de insultos.

—¿Qué es, pues? — Hasta parecía hacer esfuerzo por sonar aún más fastidiado.

—Voy a presentar mi libro, es el sábado en el Centro, quería que u…

—Esteban interrumpió—. No, Arturo, ya sabes que esas cosas no nos gustan nada, además piensa ¿qué diría mi tía de esto? Ella quería un abogado, Arty.

Mira —la voz de Arturo flaqueaba más y más, pues odiaba que su primo le dijera así —, no sé qué es lo que te traes, pero siempre estás jodiendo, no…

Esteban interrumpió otra vez —. Arty, a nadie le gusta lo que escribes, ¿para que vamos a ir hasta allá? Pierdo mi tiempo —. Arturo se enfureció al otro lado de la línea.

—A ti te gustaba cuando te robaste la libreta donde escribía y le dedicaste mis poemas a Kassandra —, estaba más agitado aún — creo que a ella también, pues acabaron juntos, ¿no?

—Primero, no me hables así, cabrón. Segundo, eran tonterías de adolescentes. Ya pasaron más de 10 años. Está conmigo porque yo le gusto. Yo y no tú, ni tus poemas, ni tu compañía, ni tu cara. Soy yo su esposo, no tú. Y nada más no te voy a buscar por respeto a la memoria de mi tía.

Arturo quería llorar de rabia. No respondió por miedo a que el sentimiento deformara aún más su voz.

—A nadie le importa tu librito, no vuelvas a llamar.

Esteban colgó, pero la llamada no terminó.

Kassandra no había colgado.

 

9/6/18

Posted in Poema on 30/06/2018 by Angel López

Te extraño
y extraño tus labios
la incertidumbre se mezcla con fe

Te extraño
y extraño tus ojos
la vida y lo que soñé

Te extraño
tu piel bajo mi mano
lo que falta y lo ya hecho

Te extraño
lo digo, lo hago
vuelve, pues atardece en mi pecho